Nuestros hijos nos observan

Arancha
11 abril, 2021

En una relación de pareja confluyen dos personas, cada una de las cuales con su propio bagaje, que es producto de su carácter, de su personalidad y de toda su biografía anterior, con todas las influencias y efectos derivados de sus historias personales previas. En suma, confluyen dos mundos, hechos de muchas cosas, tanto positivas como negativas. A su vez, la propia dinámica existente en la pareja y el ambiente emocional y relacional que sus dos miembros sean capaces de construir va a generar también unas influencias decisivas en otros mundos distintos: los mundos de sus hijos.

Surge así la necesidad de detectar y mejorar todas aquellas situaciones de conflicto susceptibles de generar efectos indeseados en los hijos, pues el bienestar de éstos es la responsabilidad fundamental a la que los miembros de la pareja están llamados como progenitores.

Es frecuente encontrar relaciones de pareja donde el afán de control, los celos, los reproches, las faltas de respeto, los enganches de atracción y rechazo suponen la tónica habitual. Son contextos en los que el amor y el odio parecen alternarse con suma facilidad, al igual que las luchas de poder.

Late en todo ello un fuerte componente adictivo que conlleva la necesidad de cambiar al otro para que simplemente se amolde a nuestros deseos y nos satisfaga. De este modo, puede generarse un proceso reiterativo, en el que se salta de un conflicto a otro, de un modo estéril, sin que los miembros de la pareja tomen conciencia ni se auto responsabilicen ni aprendan nada que les permita mejorar. ¡Cuánto más fecundo sería establecer una comunicación abierta, sincera y valiente, en la que cada uno asuma frente al otro y frente a sí mismo el compromiso de mejorar y contribuir a una relación más sana y enriquecedora!

Justamente, nada más indeseable que esas dinámicas disfuncionales en las que el niño, a menudo desde que es bebé e incluso hasta la adolescencia, es testigo -tantas veces mudo-, con toda su inmensa capacidad de percepción, de la hostilidad existente entre los padres. En esas situaciones, se incrementan de modo preocupante las probabilidades de que aparezcan síntomas de ansiedad, inestabilidad emocional, depresión e incluso conductas agresivas en el colegio y el hogar.

A este respecto, cabe recordar al psicólogo canadiense Albert Bandura, quien profundizó en el concepto de aprendizaje vicario u observacional, para designar aquel aprendizaje en virtud del cual el sujeto toma como suyos comportamientos que en origen no son los propios, pero que son adoptados como tales a consecuencia de la mera observación e imitación, sin necesidad de ningún condicionante adicional. Así, los niños toman conductas, emociones, expresiones, propias de sus figuras más significativas, que en las primeras etapas de su desarrollo son, sin duda, los padres. Además, la capacidad de percibir de los niños es enorme; como suele decirse, “se dan cuenta de todo”. Ahora bien, que tengan una capacidad de percepción tan amplia no implica que puedan, sin más, sobrellevar emocionalmente todas las situaciones percibidas. No siempre tendrán todavía los recursos necesarios para ello.

En todo este contexto, puede ser útil la terapia de pareja, cuyo objetivo principal es la creación de un espacio neutro y seguro en el que las dinámicas disfuncionales queden de manifiesto y la relación pueda ser trabajada de modo constructivo. El conflicto es tratado como una oportunidad para sanar la relación. El conflicto -conviene recordarlo- es parte inherente a las relaciones. Virginia Satir, psicoterapeuta estadounidense conocida especialmente por su enfoque de terapia familiar como explica en uno de sus muchos libros (Psicoterapia familiar conjunta), la relación conyugal es el eje en torno al cual se forman todas las otras relaciones familiares. Los esposos son los “arquitectos” de la familia. Una relación conyugal penosa tiende a producir acciones parentales disfuncionales. Cuando el hijo tiene problemas de algún tipo es muy positivo si es posible realizar psicoterapia familiar.

Las relaciones de pareja funcionales son aquellas en las que se dan las condiciones idóneas para que cada una de las personas crezca y se enriquezca interiormente. Donde prevalece una sana comunicación, el respecto y el cariño recíproco. Y estos son los mejores ingredientes para el buen desarrollo de los hijos, para su estabilidad emocional y para la construcción de una autoestima equilibrada. Las relaciones de pareja sanas previenen el posible escenario de que los niños desarrollen trastornos psicopatológicos.

De este modo, una crianza llena de amor, cariño, atención, diálogo, límites firmes y coherentes es el mejor regalo que un padre y una madre pueden hacer a sus hijos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arancha Echávarri

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